domingo, 9 de febrero de 2014

Cavilaciones Domingueras

No puedo ni siquiera imaginarme lo que se debe sentir que te digan que te queda poco tiempo de vida. Que te digan que tienes un mes con suerte por ejemplo, y que encima estés postrado en una cama sin ni siquiera poder decir, bueno, me voy de viaje, disfrutaré al máximo a mi familia, pasaré tiempo de calidad con el amor de mi vida, qué se yo.

Me pone triste cuando pasan estas cosas, me hace preguntarme cosas como por ejemplo,  si la persona en cuestión tuvo la oportunidad de vivir una vida feliz, si realmente considera que sus años de vida fueron bien vividos, si haría muchas cosas diferente, si hubiera tomado una senda diferente. Quizá es porque en el fondo me siento tan poco preparada hacia la muerte en general, ya sea la muerte de seres amados como mi propia muerte que cuando pasan estas cosas sólo puedo pensar que cuando a mi me toque me gustaría estar en una estado de vida pleno, poder mirar atrás y decir con satisfacción que mi vida estuvo a toda madre y que tuvo un significado. No sé si sea parte de mi ego humano, o simplemente sea esa profunda necesidad de saber que no perdí el tiempo en ninguna de las esferas de mi vida, que me dediqué a vivir, a aprender, a aportar, a ser feliz, y que luché por dejar atrás todo lo que limitaba mi potencial de ser humano.

Últimamente me he hecho más consciente de la certeza de la muerte y hace algún tiempo realmente me cayó la ficha de que sin el afán de vivir en la paranoia o en el miedo, lo más sano para el ser humano sería el poder ser capaz de asumir la muerte como un hecho más de la vida, que puede pasar en cualquier momento y que tal vez, más allá de los credos de cada quien, deberíamos hacer el ejercicio de pensar (sobretodo cuando estamos en estados de sufrimiento), "si muriera en este momento preciso, es así como me quiero ir?" cuando me enojo por pendejadas, me pongo triste por cosas que no valen la pena, cuando tengo algún resentimiento, cuando me gana la intolerancia o el autosabotaje, a veces, cuando lo logro, hago este ejercicio y de verdad que todas las situaciones toman otra dimensión, ojalá pudiera ser capaz de hacerlo siempre jajaja, creo que sería aun más feliz.











jueves, 6 de febrero de 2014

Formas de ver morir a un sapo

Una vez alguien me contó una especie de metáfora acerca de que supuestamente si metes a un sapo en una olla de agua hirviendo de golpe, el sapo revienta, en cambio si lo metes a la olla y le vas calentando el agua a fuego lento, el sapo muere sin darse cuenta.

Quien sabe de donde sale este cuentito o si sea cierto. No me imagino a nadie metiendo un sapo en una olla, vamos, yo ni siquiera podría acercarme a un metro de distancia de un sapo, mucho menos lo agarraría para meterlo a una olla y ver que pasa con él. Tampoco me imagino un sapo que reviente, si yo fuera el sapo y me meten a una olla de agua hirviendo supongo que saltaría o haría algo, no sólo me quedaría ahí a reventar como si nada, pero bueno esa harina de otro costal.

En el supuesto de que fuera verdad, y rescatando el significado de esta metáfora, me parece que tiene una alta dosis de realidad. Los seres humanos podemos acostumbrarnos a casi cualquier cosa por buena o mala que esta sea, lo veo a diario casi en todo, desde las cosas a las que nos habituamos como partes de una sociedad, hasta el recorrido que hago de mi cama a la regadera todas las mañanas. Lo veo en las pequeñas rutinas que me he construido para ser capaz de salir de mi casa a tiempo y funcionar el resto del día, hasta en aquello que detesto y que de a poco he aprendido tolerar. 

¿Será por la capacidad de adaptación del ser humano, será el instinto de sobrevivencia? ¿o será que a veces es más fácil morir de a poco, calientito y sin darse cuenta, que saltar, tirar el agua, la olla, tal vez quemarse un poco, para después tener que hacerse cargo de limpiar la cocina?






lunes, 3 de febrero de 2014

Pequeños placeres

A veces, y sólo a veces me gusta viajar en colectivo. Cuando va casi vacío, al mejor estilo de un domingo en la mañana temprano. Me puedo sentar en la ventana con la plena confianza de que todos están en sus casas durmiendo, crudeando o haciendo cualquier otra cosa que no sea estar en la calle. La ciudad así se disfruta más, y a veces quisiera que se quedara así, que nadie despertara y yo tan sólo pudiera viajar hacia cualquier lugar por horas, en silencio, sola, pensando cualquier cosa, viendo por la ventana las cosas que no pasan porque no hay nadie, repasando meticulosamente cualquier tema que se me ocurra, sin tener que dar explicaciones de por qué no me conecto a las conversaciones o por qué le doy tantas vueltas a las minúsculas y mayúsculas obsesiones que salen de mi cabeza.

Tampoco es el hilo negro, pero quién diría, es un placer culposo que descubrí casi por accidente, es como entrar en trance, pero bien. Algún día tomaré un colectivo muy muy temprano y seguiré toda la ruta.