jueves, 6 de febrero de 2014

Formas de ver morir a un sapo

Una vez alguien me contó una especie de metáfora acerca de que supuestamente si metes a un sapo en una olla de agua hirviendo de golpe, el sapo revienta, en cambio si lo metes a la olla y le vas calentando el agua a fuego lento, el sapo muere sin darse cuenta.

Quien sabe de donde sale este cuentito o si sea cierto. No me imagino a nadie metiendo un sapo en una olla, vamos, yo ni siquiera podría acercarme a un metro de distancia de un sapo, mucho menos lo agarraría para meterlo a una olla y ver que pasa con él. Tampoco me imagino un sapo que reviente, si yo fuera el sapo y me meten a una olla de agua hirviendo supongo que saltaría o haría algo, no sólo me quedaría ahí a reventar como si nada, pero bueno esa harina de otro costal.

En el supuesto de que fuera verdad, y rescatando el significado de esta metáfora, me parece que tiene una alta dosis de realidad. Los seres humanos podemos acostumbrarnos a casi cualquier cosa por buena o mala que esta sea, lo veo a diario casi en todo, desde las cosas a las que nos habituamos como partes de una sociedad, hasta el recorrido que hago de mi cama a la regadera todas las mañanas. Lo veo en las pequeñas rutinas que me he construido para ser capaz de salir de mi casa a tiempo y funcionar el resto del día, hasta en aquello que detesto y que de a poco he aprendido tolerar. 

¿Será por la capacidad de adaptación del ser humano, será el instinto de sobrevivencia? ¿o será que a veces es más fácil morir de a poco, calientito y sin darse cuenta, que saltar, tirar el agua, la olla, tal vez quemarse un poco, para después tener que hacerse cargo de limpiar la cocina?






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